Bioimpresoras, una opción de futuro en la medicina
regenerativa
Protesis de nariz y de oreja
elaboradas con impresoras 3D en una muestra organizada en el Business Design
Center de Londres. / Foto: CRIS RATCLIFFE (BLOOMBERG) TCLIFFE
Los expertos creen que habrá que esperar no menos de tres décadas para
que se pueda suplantar un órgano por otro creado a través de bioimpresoras en
3D. Pero, aunque sea a largo plazo, hay motivos para imaginar que la escena del
quirófano con uno de estos aparatos acabe siendo realidad por razones que van
más allá de la simple fe en el desarrollo científico.
“Lo mágico de todo esto es que se vislumbra [como
una posibilidad de futuro] gracias al desarrollo que están teniendo las
impresoras 3D y la informática, unido a la aparición de nuevos materiales y los
avances en el conocimiento biológico”, comenta este catedrático e investigador
del Laboratorio de Bioingeniería y Regeneración Tisular de la Universidad de
Málaga.
El previsible impacto de la impresión 3D en la
medicina es uno de los principales factores que invita a pensar que será
posible crear órganos y tejidos a medida, compatibles con el receptor a partir
de células obtenidas del propio paciente. Una prueba de ello son los equipos
capaces de fabricar tejido hepático vivo, que ya son una realidad, como muestra
el catálogo de la empresa estadounidense Organovo, una de las
líderes del sector. Pero esto sería empezar por el final en el campo de las
aplicaciones médicas de las impresoras 3D.
El empleo de esta tecnología, en sus usos más sencillos, ya comienza a
ofrecer resultados clínicos, aunque básicamente en el terreno experimental.
El inicio del uso de estas tecnología en la
medicina se sitúa en el desarrollo de prótesis sólidas (de titanio, materiales
cerámicos o plásticos) destinadas fundamentalmente a sustituir la parte sólida
de los huesos en pacientes que han perdido masa ósea fruto de una enfermedad o
un accidente. En este campo es donde se introdujeron las primeras aplicaciones
de las impresoras 3D en la medicina. El motivo fundamental era aprovechar una
gran virtud que permite esta tecnología: poder diseñar piezas a la medida del
paciente al que iban destinadas, lo que representa una importante ventaja
respecto a los procesos industriales convencionales que, a pesar de poder
fabricar distintos tamaños y grosores en serie, difícilmente podrían ajustarse
al detalle a las condiciones del enfermo como sí permite el modelado ad
hocque ofrecen estos sistemas de impresión de última generación.
El reto, sin embargo, está en ir más allá y fabricar piezas que estén
vivas. O, al menos, que sean capaces de integrarse en el cuerpo sin ser un
agente extraño. Que sean funcionales. Becerra trabaja para conseguir piezas de
titanio que se ajusten a estas condiciones.
“El titanio es similar a la estructura dura del hueso. Ante un paciente
que en un accidente ha perdido parte de la mandíbula, con una impresora 3D se
puede diseñar y crear la parte de hueso que falta al milímetro”, relata el
investigador de la Universidad de Málaga. Pero es un agente extraño insertado
en un medio vivo. Y no son extrañas la aparición de complicaciones.
Quizás los huesos, por tener un componente mineral capaz de ser simulado
por el titanio, materiales cerámicos o plásticos sea uno de los órganos más
sencillos de replicar. Aunque hay trabajos en direcciones similares en otros
órganos, por ejemplo las orejas. Un equipo de la Universidad de Cornell (Nueva
York) anunció en febrero de este año un prototipo de pabellón auditivo
artificial partiendo de un diseño elaborado con una impresora 3D. Los
investigadores escanearon una oreja y la copiaron con uno de estos equipos, con
el que hicieron un molde que rellenaron de colágeno.
Este es el soporte que emplearon para ser
colonizado por células de cartílago (células condrógenas) obtenidas de vaca.
Obviamente, en una potencial aplicación clínica, las células empleadas serían
cultivos celulares del propio paciente al que le faltara la oreja. En el
laboratorio, con los nutrientes adecuados, las células de cartílago irían
sustituyendo paulatinamente al colágeno del molde, hasta ser remplazado
completamente y estar lista para que esta nueva oreja pudiera ser suturada al
paciente y recubierta de piel. Esta técnica, publicada en la revista Public
Library of Science (PLOS) ONE estaría destinada a
personas que, ya fuera por defectos congénitos, enfermedad o accidente se
hubieran lesionado la oreja. Los investigadores confían en poder comenzar los
ensayos en humanos en el año 2016.


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