La manipulación de
células madre en laboratorio ha llegado más lejos
Hay ejemplos del uso de biomateriales que ya han
cruzado la frontera de la teoría para aterrizar en la cama de los pacientes. En
mayo del año pasado, un grupo de investigadores de la Universidad de Michigan
junto a médicos del hospital infantil Akron de la misma localidad estadounidense
publicaron en The New England Journal of Medicine un artículo
en el que describían cómo habían salvado la vida de un bebé gracias a una
pieza de tráquea biocompatible fabricada por una impresora 3D.
El pequeño, de dos meses, sufría un problema respiratorio que le
provocaba insuficiencia cardiaca. Padecía una enfermedad (traqueobroncomalacia)
que se caracteriza por la debilidad de la tráquea y facilita su oclusión, lo
que implica que el aire no pueda entrar en los pulmones. Para combatirla, los
investigadores diseñaron un pequeño tubo rígido que reproducía el segmento de
la tráquea lesionado, que copiaron a partir de una imagen tomográfica de la vía
respiratoria del niño. El material empleado en este caso fue la
policrapolactona, un polímero que el cuerpo biodegrada en tres años, el tiempo
que necesita la tráquea del pequeño para crecer, madurar y mantenerse abierta
por sí misma.
En todos estos casos se han diseñado objetos con material biológico
(como el polímero de la tráquea) o capaces de integrarlo (como pretende
Becerra). Pero el final del camino está en la aspiración de elaborar con
bioimpresoras órganos complejos completos, con la dificultad que supone
integrar los distintos tipos de células que los forman, lograr que todas ellas
se interrelacionen, que cumplan con sus funciones y que se logre una estructura
tridimensional sólida estable capaz de desempeñar la tarea del órgano que va a
sustituir. Todo ello usando cartuchos de células vivas obtenidas de cultivos en
el laboratorio.
El esquema básico de estos equipos sería el de un aparato que emplea dos
tipos de cabezales. Uno está encargado de inyectar las células humanas. El
otro, de depositar los geles que sirven de matriz o de soporte de las células;
y que permite ensamblar capas una encima de otra así como dar forma
tridimensional al órgano. Todo ello con la precisión que permite el láser.
Anthony Atala es el director del Wake Forest
Institute For Regenerative Medicine de Winston-Salem (Carolina del
Norte, EE UU). Es conocido por ser uno de los mayores convencidos de las
ventajas que puede reportar en el futuro el desarrollo de órganos mediante
impresoras 3D. Atala ha descrito en alguna ocasión que el camino que lleva a la
elaboración de riñones o hígados en estos equipos ha de pasar necesariamente
por cuatro fases de dificultad creciente.
La primera consiste en ser capaces de imprimir células y que se unan
formando estructuras laminares, como puede ser la piel. El paso siguiente será
lograr formas tubulares en las que se empleen al menos dos tipos celulares
distintos. Más adelante, se trataría de conseguir órganos con forma hueca, como
por ejemplo el estómago o la vejiga; para finalmente ser capaces de fabricar un
riñón, un corazón o un hígado, es decir, estructuras sólidas integradas por
distintas modalidades de células y de características complejas (el corazón,
por ejemplo, además de tener células capaces de contraerse de forma rítmica,
tiene válvulas de un material distinto a los cardiomiocitos)
Existen distintos trabajos que han conseguido alcanzar de forma
experimental algunas de estas etapas, aunque sea parcialmente. Investigadores
de la escuela de medicina de Hannover han logrado imprimir células de piel. El
propio Atala muestra en alguna de sus presentaciones en público un pseudoriñón
fabricado por uno de estos equipos. Se trata de una estructura con forma
ovalada, de aspecto gelatinoso y rosáceo, unos prototipos que están lejos aún
de ser funcionales y de tener uso clínico, pero muy efectistas. Aunque
probablemente los desarrollos más complejos obtenidos, y, desde luego,
comercializados, son los realizados por la empresa Organovo.
Como muestran en su página web, esta firma estadounidense ha
desarrollado impresoras 3D capaces de crear tejido hepático. El pasado mes de
abril, la compañía anunció que había conseguido recrear con uno de sus equipos
pequeñas muestras de minúsculos minihígados iban más allá de los cultivos en
dos dimensiones convencionales. Alcanzaba las 500 micras (0,5 milímetros) de
espesor, lo que equivale a unas 20 capas de células superpuestas unas encima de
otras.
Uno de los aspectos más relevantes del trabajo es que se combinaron
distintos tipos celulares: hepatocitos, células estrelladas del hígado y de las
paredes de los vasos sanguíneos. Y que el tejido impreso mostró la capacidad de
ejecutar algunas de las funciones hepáticas, como por ejemplo la producción de
proteínas como la albúmina o la transferrina. Además, a un ritmo superior que
en los cultivos en laboratorio convencionales.
Además, presentó cierta capacidad de desarrollar una microred de vasos
sanguíneos. Este es un aspecto clave en esta tecnología, ya que a medida que se
consigan órganos más grandes, se ha de ser capaz de nutrir todas las células
del tejido fabricado, para lo que se necesita manejar las claves de la
angiogénesis (la creación de vasos) y poder de esta forma llevar el riego
sanguíneo a todos los rincones del nuevo órgano. En términos generales, ésta es
una cuestión que no se ha resuelto. “En laboratorio se ha logrado algo, pero
[la vascularización de tejidos] no se ha conseguido”, comenta Becerra.
El propósito de la creación de tejidos y órganos de repuesto que
persigue la medicina regenerativa se está persiguiendo desde otros frentes.
Existen avances ilusionantes obtenidos gracias a la manipulación de células
madre sin la necesidad de recurrir a las impresoras 3D. Por ejemplo en el caso
del trasplante de tráquea, existen distintas experiencias. En algunos casos
usando órganos de donante que se han vaciado de todas las células
inmunológicamente activas para, posteriormente, repoblar la matriz tubular
resultante con las células de la paciente. Esta misma técnica se ha empleado
con tubos de estructuras plásticas porosas —algo similar a lo que pretende
Becerra con el titanio— también con éxito.
Pero quizás el trabajo más destacado con células
madre en esta parcela son los microhígados creados en el
laboratorio por parte del investigador japonés Takanori Takebe. A
partir de un cultivo de simples células de la piel reprogramadas (las famosas
IPS o de pluripotencia inducida) junto con otros dos tipos celulares (la vena
del cordón umbilical y células madre mesenquimales) consiguieron unas
estructuras hepáticas de cuatro milímetros —más grandes de las fabricadas por
las impresoras de Organovo— y con mayor grado de riego sanguíneo.
Los defensores de las impresoras 3D sostienen que probablemente esta
tecnología permita mayor rapidez en la creación del órgano y ofrezca mayor
precisión en el ensamblaje celular. Lo cierto es que los dos caminos
permitirían elaborar tejidos compatibles con los receptores y acabar con la
escasez de órganos para trasplante que existe en la actualidad. Hay otro punto
en común. En ambos casos tendrán que pasar décadas antes de que lleguen a ser
una realidad, si finalmente llegan a convertirse en una opción terapéutica
real.


No hay comentarios.:
Publicar un comentario